Cumbre en Adolfo Calle, en el parque provincial Cordón del Plata

Los que solemos hacer escapadas a la Cordillera, sabemos que una escalada o trekking de alta montaña es mucho más que una experiencia de entrenamiento físico y paisajes indescriptibles.

Viajar a buscar una cumbre es un camino para arriba, pero también para adentro.

El pasado mes, en Semana Santa, con dos amigos, Adrián Ripoll y Fernando Martín Peral Belmont, viajamos a Vallecitos a una escapada de 4 días para hacer cumbre en el Adolfo Calle. Cuando decidimos arrancar a organizar el viaje, nos pusimos en contacto con la comunidad de montañismo de CUBA, para compartir el proyecto con otros socios y pedir ayuda con consejos y equipos. Como siempre, la respuesta fue de ánimo y acompañamiento.

Partimos en auto desde CABA el Jueves Santo por la mañana y viajamos todo ese día. Entre mates y conversas, fuimos adentrándonos en la experiencia que implica compartir la montaña y una entrañable amistad. Por la tarde, ya asomaban los primeros picos de la imponente Cordillera. La columna vertebral del planeta, como supo cantar René alguna vez. Esa noche, parábamos a dormir en un hostel, mientras revisábamos equipos y nos preparábamos para la aventura.

Por la mañana salimos con el guía, Martín Guajardo, hacia la montaña. El camino nos llevó paralelo al dique Vallecitos con sus aguas limpias y azules. Pasado el mediodía llegábamos al refugio, localizado donde supo estar el primer centro de esquí con telesillas de la Argentina, hoy ya en desuso.

Los refugios son siempre un lugar de calidez y fácil camaradería. Entre sopas y otros brebajes se comparten aventuras y los más diversos cuentos. Esa tarde estiramos un poco las piernas y desmontamos en nuestro cuarto mientras conocíamos al resto de los aventureros que nos iban a acompañar ese fin de semana. La mañana siguiente amaneció algo nublada, pero pudimos hacer cumbre en dos picos menores (Arenales y Andresito), para probarnos en altura. A los porteños siempre nos cuesta un poco más por vivir tan cerca del nivel del mar.

Cumplida la jornada con éxito, llegamos por la tarde de nuevo al refugio. El día se había puesto gris y chispeó un poco. Nos acostamos temprano porque al día siguiente encararíamos el Adolfo Calle y sus 4270 msnm. Lo que implicaría amanecer antes que el sol. El frío duró lo que empezamos a caminar. Una luna brillante e impresionante iluminó las primeras horas de la jornada. Caminar antes del amanecer es hermoso. Y el momento en que el sol empieza a recortarse entre picos blancos, que se vuelven rojizos, vuelve el paisaje un escenario de ensueño. La caminata se fue extendiendo entre rocas, arroyos, vegas… Un teatro inmenso de paredones nos abrazaba y nos hacía sentir insignificantes. Al aumento de la altura y la exigencia física, disminuyeron a lo indispensable los intercambios verbales. Cada uno viajaba a lugares de su historia y de su vida, mientras el cuerpo era puesto a prueba hasta sus límites. Y a medida que ganábamos altura, las paredes de piedra daban espacio a los paisajes infinitos, las cumbres nevadas y los entramados de valles.
Alrededor del mediodía, con un cielo despejado en un domingo de Pascua, los tres amigos con el guía hicimos cumbre en el Adolfo Calle. A lo lejos se veía el dique, la planicie eterna que llega hasta el Atlántico, y el poderoso y vigilante Cerro Plata.

Después de disfrutar una hora en una cumbre perfecta, bajamos con el corazón más liviano y una alegría difícil de explicar para quien nunca vivió la experiencia de la cumbre.
Esa noche brindamos y compartimos los avatares de la jornada y de la vida. A la mañana siguiente emprendíamos la vuelta. El Plata nos miraba partir y nos prometía un desafío futuro. Ya llegará el momento…

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