Cajón de Arenales, destino de escalada en el día del trabajador

Sebastian Paz, Santiago Van Gelder, Marcos Gorostiaga, Mariano Mendizabal, Federico Gutierrez Arranz y Juan P. D'Alessandro aprovecharon el fin de semana largo para escalar en Mendoza

Y si vamos a Arenales?
 
La propuesta asomó tímidamente como paliativo al gris panorama de tener que pasar el fin de semana largo en la jungla de cemento, al verse truncado definitivamente el viaje original a Los Gigantes por el presagio de mal clima.De los trece integrantes originales, seis “entusiastas” alzaron la mano, dijeron presente, y se embarcaron en dos vehículos que partieron raudamente en persecución del astro rey en su derrotero a poniente; la Mater Rok como horizonte. Sería Mendoza y no Córdoba el destino final o el sitio del comienzo de la aventura. El cuarteto y el fernet daban paso al sol y al vino.
 
Las doce inexorables horas del periplo rutero transcurrieron encadenando filosofía barata y música variopinta, meta mate y churro cortesía de Ganesha. Dejando atrás el poblado Manzano Histórico, último vestigio de presencia humana organizada, remontando el arroyo Grande, pasando el puesto de gendarmería y abandonando los motores, dio comienzo el porteo de material, equipo y víveres por la margen sudeste del arroyo Arenales que conduciría al grupo al sitio de acampe al abrigo de un enorme Boulder a 2.750 msnm.
 
El cajón los recibió con los brazos abiertos ante la atenta mirada del cerro Punta Negra que desde sus 4.312 msnm oficia de señor feudal de esos parajes. Un zorro curioso y un par de ratones desvergonzados fueron los representantes de la fauna terrestre, mientras que en el aire, el rey de los Andes, el magnánimo cóndor, no cesó de observar las acciones de los escaladores invasores recordándoles a cada instante el destino que les aguardaría ante cualquier error fatal.
 
La flora a esas cotas se encuentra monopolizada casi por completo por espinillos y demás arbustos abrasivos, los cuales supieron demostrar su “afecto” encariñándose con los miembros inferiores de los integrantes de la partida. La hotelería estuvo compuesta por tres carpas, destacándose una de ellas por su peculiar porte la cual fue de inmediato identificada como “il duomo cinque stelle”, que sin embargo mostró su lado escueto a nivel del piso ante el olvido del aislante de uno de los expedicionarios. Los huéspedes del campamento fueron arropados por el viento y el frío en sendas noches.
 
La gastronomía por su parte también se dio cita. Por las mañanas mate y café se disputaban con su calor las gargantas frías y secas mientras que la fruta saludable desfilaba en gajos por el círculo de comensales regalando sus vitaminas; alguna que otra galleta o cereal cerraban el desayuno. Los almuerzos, por lo general tardíos, servían de descanso entre escaladas y discurrían en comedores naturales en mesadas de piedra al abrigo del sol dentro de alguna chimenea. Pan, atún, queso, fiambre, palta y frutos secos se vestían de manjares, mientras que la hidratación corría por cuenta y orden de las cristalinas y gélidas aguas del arroyo Arenales que discurría en el fondo del valle, elemento imprescindible para la subsistencia de vida en esos lares. La luna llena de las noches fue testigo de un verdadero duelo de chefs que, luego de un primer empate entre polentas y pastas suculentas, decidieron fusionarse para dar batalla a un arroz integral con verduras varias poco propenso a cocinarse en un aire enrarecido con baja presión parcial de oxígeno. Tiempo y gas en abundancia hicieron finalmente posible degustar una cena “gourmet” a la luz de las linternas frontales.
 
En cuanto a las vías escaladas que fueron varias, también fueron variadas en graduación, estilo (deportivo o tradicional), cantidad de largos, y distancia vertical. Se centraron prácticamente en un mismo área para evitar de esa manera el derroche de tiempo y energía en los desplazamientos a los distintos pies de vía en una zona ya de por sí extensa y demandante. Las dos primeras jornadas, a pleno sol y con temperaturas agradables, tuvieron su contrapartida en el frío y las nubes del tercer día. El viento decidió jugar a las escondidas con los escaladores dejándose sentir por momentos y retirándose a su guarida por otros.
 
Guía en mano, cordadas conformadas y material de escalada repartido, repaso teórico mental mediante, los “entusiastas” atacaron las paredes una y otra vez. Éxitos y fracasos, si es que se
pueden aplicar estos términos mundanos al ámbito de la montaña, se alternaban para jugar con el estado mental de los conquistadores de lo inútil. Las vías fueron discurriendo en algunas ocasiones con técnica, en otras con fuerza, y en otras con ambas, pero siempre con actitud y humildad. En particular cabe hacer mención a tres de ellas que por su naturaleza y la peculiaridad de sus desafiantes dieron origen a un re bautismo de las mismas.
 

  • La lápida voladora (5+ 100m trad.)

El Tati-tán y He-man encararon por vez primera está vía en tradicional, y para hacerla un poco mas sazonada según sus gustos, lo hicieron sin agua y con sólo un par de horas de luz solar restantes, ya algo deshidratados y cansados luego del trajín del día. Una media hora costó superar el primer escollo que sellaba e impedía el acceso a la chimenea sombría y boscosa por la cual discurría la mayor parte de la vía. Logrado esto, el Tati-tán se perdió de vista engullido por la penumbra en busca de anclajes móviles “aceptables” mientras que su compañero de cordada He-man maniobraba cuerda y placa dándole seguro. La comunicación entre ambos era fluida y la habitual hasta que de dentro de la garganta se escuchó un “cuidado piedra cuidado!” seguido del inconfundible sonido de la roca golpeando contra la roca. Uno miraba para abajo; el resto para arriba ya que en las inmediaciones los demás “entusiastas” probaban otra vía. Mientras la advertencia se repitió un par de veces más, la piedra parecía no terminar de caer hasta que de pronto emergió de la chimenea. Ante el tamaño de semejante mineral y el recorrido que llevaba, el quinteto en tierra, casco in testa, salió despavorido en busca de un refugio inexistente. Conectado a la cuerda y limitado en sus movimientos, He-man solo pudo dar un par de pasos al costado y hacia la pared. La lápida voladora impactó el terreno a escasos cinco metros de su humanidad. Pasado el susto inicial y luego de verificar que todos estuviesen sanos y salvos, la trepada prosiguió sin mayores sobresaltos. La cordada entera estaba ahora oculta a los ojos de la tribuna. Un reverso olvidado fue hábilmente reemplazado por un dinámico salvador y unos ojos de lince lograron divisar con los últimos lúmenes solares el descuelgue, ya superado, de una vía deportiva vecina por la que rappelar de regreso a la horizontalidad del piso.
 

  • Los tres mosqueteros (6a 25m dep.)

Dos gendarmes invertidos en un techo asemejándose a los colmillos de un lobo pedían a gritos ser tomados acrobáticamente para superar el crux de la vía y liberarla. El llamado fue
atendido por Porra, D’artagnan, y la Hormiga Atómica, que no pudiendo negarse, decidieron mancomunar esfuerzos y alientos para superar la dificultad. Sucediéndose uno tras otro,
contorneándose adoptando posturas irreales, colocando exprés tras exprés, conquistando centímetro a centímetro de la roca, los tres mosqueteros finalmente lograron su cometido
dejando su firma indeleble en la dura roca. 
 

  • El descuelgue inexistente (4+/4/5 60m dep.)

La hermosa arista que discurre entre las caras norte y oeste de la pared de la Mitria tentó a la Hormiga Atómica y al Intruso a encadenar los primeros tres largos de una vía de seis que
finaliza en el Cóndor Pasa. El primer largo transcurrió plácidamente y con mucho goce visual. Montada la reunión y reunida la cordada, el segundo presagiaba más de lo mismo. Ya al
principio un par de chapas “voladas” fueron pasadas por alto dada la baja graduación del largo. Llegado al punto en el cual se debía montar la segunda reunión los anclajes no aparecían por
ninguna parte. Algunas chapas del tercer largo se vislumbraban a lo lejos y con cuerda todavía y expreses restantes se decidió proseguir. Nuevamente algunas chapas voladas y la vía que
traveseaba hacia la verticalidad de la cara oeste. Alcanzada una repisa y con una sola exprés restante colgando del porta material del arnés, el tercer largo era ya irrealizable. El
descuelgue inexistente y la voluntad de no abandonar material en la pared obligaron al Intruso a destrepar, por momentos en libre, los 25 metros recién ascendidos hasta alcanzar a la
Hormiga Atómica que resistía el frío y la inactividad estoicamente colgado en la primera y única reunión que se pudo montar. Rappel y abajo.
 
Los días volaron como los cóndores y, llegado el ineludible momento, el equipo hubo de reunirse con los vehículos motorizados, armar los petates, y emprender el descenso hacia Tunuyan. Un
integrante, no satisfecho con haber pateado piedra durante tres días, se dio el gusto de hacerlo nuevamente con la escalinata de acceso al hostel Yaretas, el cual los albergaría en su última noche en suelo mendocino, quedando medio tullido de uno de sus pulgares. Baño caliente mediante, la media docena de cubanitos limpios y relucientes emprendió una expedición a pie de unos cien metros hasta la parrilla La Querencia, donde los manjares del asador y los efluvios de Baco prometían poner fin, junto con las lujosas comodidades del hostel, a las privaciones de las últimas 72 horas. Los primeros instantes de la mañana siguiente transcurrieron entre un galgo, un gato, un Renault 12 destartalado, y el encargado del hostel calificando el desayuno del grupo como “el más sano que vi en mi vida” por la mera presencia de una manzana bañada en aceite. Ya en la ruta, el cajón de Los Arenales a sus espaldas, rumbo a septentrión y antes de virar por
babor hacia levante, el Tupungato y el Vallecitos parecieron susurrarles desde las alturas de sus moradas un “hasta pronto”. La altura, el sol, el frio, el viento, la roca y las espinas habían forjado el alma y los “banana fingers” de los entusiastas, que en silencio escuchaban las palabras de Lord Krishna que resonaban en el habitáculo, haciendo alusión a que todo aquello que tiene un comienzo también tiene inexorablemente un fin, cerrándose de esta manera el círculo. Nuevamente hacia la rutina mundana de la ciudad, con un dejo de tristeza por la despedida, pero con la serenidad de la certeza de haber confirmado una vez más que la vida comienza más allá de los límites de nuestra zona de confort.

Que no se corte…

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