Boxeo para todos

Nuestro amigo Gastón Enrique Garriga del Almagro Boxing Club nos envió esta lindísima nota que resume el espíritu que se vive en las exhibiciones de box que CUBA comparte con otros clubes.

Recién se termina el viernes, todavía se filtran unos rayos de luz solar por las ventanas del gimnasio. Las setenta u ochenta sillas de plástico que rodean el ring se van completando de a poco con gente que viene directo de trabajar. A la hora señalada, suben los contendientes y el locutor hace los anuncios.
 
Por la categoría supermedianos, en el rincón rojo, Fulano de tal, representante del club anfitrión. El locutor no lo dice, pero el fulano en cuestión es un cuarentón, profesional y padre de familia. En el rincón azul, el otro púgil procede de otro club, pero tiene la misma edad y las mismas obligaciones. Si hubieran sido boxeadores, ya estarían retirados. Pero no lo fueron. Nada los obliga. Ni a entrenar, pelear contra la balanza, hacer sacrificios ni a recibir golpes. Sin embargo acá están. No hay nada material en juego, pero cuando suene la campana y les saquen el banquito, experimentarán la soledad más extrema. Como Ringo frente a Alí. El “combate” es corto pero intenso. Al final, el árbitro levanta los brazos de los dos. Nadie gana. Nadie pierde.
 
Estamos en la sede Viamonte del Club Universitario Buenos Aires, un club porteño tradicional y aristocrático. El programa anuncia una docena de exhibiciones. Si el boxeo amateur es la antesala del profesional, las exhibiciones son la antesala del amateurismo. Son la oportunidad, para los que empiezan, de foguearse y ganar confianza arriba del ring antes de sacar la licencia… Y de sentirse boxeador por un rato para aquellos que, sin ninguna expectativa de desarrollar una carrera, aman este deporte.
 
Acá el boxeo atraviesa edades -hay tantos veteranos como pibes que abandonan la adolescencia- y clases sociales. Hay representantes del Almagro Boxing Club, de Excursionistas, de Huracán o de La Cultura Del Barrio. Por la pilcha o los tatuajes, uno puede distinguir quién viene del conurbano profundo y quién de un barrio acomodado. Las diferencias son evidentes pero, al menos aquí y ahora, no tienen ninguna importancia.
 
En un par de semanas, habrá exhibiciones en cualquiera de los clubes mencionados o en otro. Cambiará el escenario, pero el clima se mantendrá. El boxeo es absolutamente democrático. Es para todos y todas. En este ámbito interactúan personas que difícilmente se encontrarían en otro y, más difícilmente aún, superarían las barreras del prejuicio y la desconfianza.
 
Pesa más lo compartido: el respeto que sólo se aprende en el combate, la certeza de que ese otro, igual que yo, salió a correr temprano, con frío o lluvia, rechazó los fernets que le ofrecían sus amigos y se aguantó las burlas en silencio y se fue a dormir temprano cuando tenía otras opciones. Todo por estos efímeros minutos de adrenalina.
 
En la cultura boxística, asimilar golpes no es el sacrificio mayor. El esfuerzo supremo consiste en ser y comportarse como un boxeador todos los días, especialmente abajo del ring. Ese es el código que hermana a los que se enfrentan, que los lleva a abrazarse  después de fajarse durante dos o tres rounds.
Podría resumirse en la vieja máxima, la que sostiene que “bien parado o en la lona, hay que ser buena persona”.
 
Gastón Enrique Garriga