Una excursión inolvidable al Lanín

Crónica de Alberto Frontera. Cumbre Vn. Lanín 1/12/19

Alberto Frontera y Luz García, en la zona del refugio Lanín

De un grupo de seis, sólo quedamos nosotros dos: Luz y Beto.
 
Nosotros estábamos en San Martín de los Andes, y nos fuimos en taxi hasta Junín. Nos hospedamos en una hosteria donde se suelen quedar todos los socios del club cuando hacen la salida al Volcán Lanín. Allí conocimos a quien iba a ser nuestro guía, Iván Bonacalza.
 
Iván nos recibió, nos explicó algunas cuestiones técnicas, nos adelantó cómo sería la excursión y, acto seguido, cargamos las cosas en su auto y nos fuimos hacia la base del Lanín. De la hostería a la base del volcán son, más o menos, 45 minutos de auto. Antes de llegar, pudimos ver de lejos el Lanín y eso nos llenó de emoción. A la distancia ya se toma dimensión del desafío que es ascenderla.
 
Un dato no menor es que tuvimos mucha suerte con el tiempo: los días anteriores habían presentado malas condiciones, pero durante las jornadas de ascenso el cielo estuvo despejado, no hubo viento y subió la temperatura. Teniendo en cuenta estas condiciones, Iván nos seleccionó la ropa adecuada para llevar y evitar pesos innecesarios en nuestras mochilas. Además, en la previa, nos completó el equipo que no teníamos: casco, grampones y bastones.
 

Cerca de las 10 am salimos hacia el refugio, ubicado a 2200 metros sobre el nivel del mar. Fue un treking y un ascenso muy tranquilo, con calor. Ese día, dadas las malas condiciones de las jornadas previas, había mucha gente subiendo. En un comienzo, tras atravesar una parte más boscosa, subimos por la famosa Espina de Pescado y poco después tuvimos un primer contacto con la nieve.
 
Fueron tres horas y media de caminata hasta llegar al refugio alrededor de las 13:30.
 
Tras "desensillar", Iván nos preparó una picada espectacular... todavía me acuerdo del pepino. Luego nos acomodamos en una carpa y esperamos toda la tarde muy tranquilos, hidratándonos para el ascenso del próximo día. Esa tarde, Iván nos explicó cómo iba a ser el ascenso, repasamos algunas normas de seguridad y practicamos cómo usar los grampones.
 
A la noche comimos unos fideos con pesto que nos generaron casi tanto placer como hacer cumbre y nos acostamos bien temprano, ya que al otro día íbamos a tener que arrancar de madrugada. Por eso, a eso de las 20.30, ya estábamos guardados en la carpa, con los ojos cubiertos por medias para evitar la luz natural que aún entraba por la carpa.
 
Dormimos lo que pudimos y a las 2 am nos levantamos. Desayunamos, pusimos los grampones, casco, luz y a las 3 am comenzamos el ascenso.
 
Fue muy amigable, sin frío. Paso a paso. Camino bien marcado. Iván siempre cuidándonos, ofreciéndonos té y frutas en cada parada que hacíamos. En un momento, Luz tuvo un problema con los guantes e Iván, siempre atento, le dió los suyos.

 
A ritmo constante llegamos a la cumbre a las 9 am del 1 de diciembre. Y fue una gran satisfacción, no conocida, única. El no tener certeza de poder hacerlo y, finalmente, lograrlo. Sabiendo y entendiendo que la montaña y el destino te ponen ante condiciones que, en la mayoría de los casos, no dependen de uno, aunque otras sí. El clima, una lesión, un faltante en el equipo, o una floja preparación física pueden jaquear todo un ascenso.  Y, entre tantas cosas que pueden salir mal, poder hacerlo nos generó una felicidad plena.
 
El descenso fue la parte más divertida, ya que gran parte la hicimos en culipatín, aprovechando las condiciones de la nieve. Tras una parada en el refugio para recoger las cosas que habíamos dejado, seguimos descendiendo y a las 14.00 estábamos en el auto volviendo a Junín.
 

 
Un párrafo aparte para Iván, que fue un excelente compañero y un guía extraordinario. Con decir que, además de prestarnos sus guantes, llegó a descalzarse al llegar al refugio para prestarle a Luz sus sandalias, ya que nosotros no habíamos llevado otro calzado que las botas de ascenso.
 

 
En lo personal, me gusta correr ultra trail. En 2019 tuve la oportunidad de correr el "Patagonia Run 70 k", y la sensación de llegada es muy similar a la de hacer cumbre. Uno se siente pleno y feliz.  Nos queda la duda de cómo sería nuestra respuesta ante condiciones adversas. Esperamos próntamente poder visitar con el club el Domuyo.
 

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