Expedición CUBA al Volcán Lanín 2017

Los montañistas son Nicolás Foliot, Pablo, Javier Luzardi, Sebastián Proietti, Federico Kruse, Ramiro Dillon, Matías Ferrari y Agustín Cichilli

 
El viaje empezó en Buenos Aires. Reunión informativa, chequeos de equipo con Facundo y Santiago, e incontables mensajes por WhatsApp. A eso se sumó una preparación física específica de dos meses, siguiendo una rutina desarrollada por el club para fortalecer los músculos y las zonas que mayor exigencia iban a enfrentar a lo largo de la travesía. Ejercicios aeróbicos y fortalecimiento de rodillas y tobillos, algunas de las claves de la preparación.  
El sábado 2 de diciembre estábamos los ocho integrantes del grupo en la hostería Chimehuin, en la ciudad de Junín de los Andes, provincia de Neuquén. Las paredes de la hostería, repletas de fotos de expedicionarios que habían hecho cumbre en el Lanín, alimentaban nuestras ganas de dar comienzo a la marcha. Soñábamos con colgar ahí la foto de los ocho, aferrados a la bandera del club. 
 
Al día siguiente nos despertamos cerca de las 7 am. El pronóstico había acertado: llovía. Conocimos en el desayuno a Iván y Pablo, los guías que nos iban a acompañar durante los próximos dos días. Entre tostadas, medialunas calientes y café, nos fueron brindando información y consejos sobre el volcán neuquino. La decisión de comenzar el ascenso el domingo en lugar del sábado había sido de Iván y terminaría siendo crucial para contar con una segunda jornada despejada y sin viento.
 
Antes de recorrer los 60 kilómetros que nos separaban de la base del Lanín, Mirta y Martín, los dueños de la hostería, nos desearon éxitos en nuestra próxima aventura. Luego de una hora y media de auto y un breve trámite de inscripción en la base, iniciamos la caminata, cargando una mochila repleta de comida, ropa de recambio y el anhelo latente de trepar el coloso de nieve que ya teníamos enfrente.
 
El cielo estaba encapotado cuando comenzamos la marcha a las 10:30 am. La primera hora de caminata la hicimos con una leve inclinación ascendente y rodeados de árboles que nos cubrían del viento. Pasados esos minutos, el bosque desapareció, dando pie a un páramo con el suelo cubierto de pequeñas piedras. El siguiente paso era la Espina de Pescado, donde el grado de inclinación del suelo ya exigía una mayor entrega. Desde ese momento y hasta llegar al refugio del Regimiento de Infantería de Montaña 28 (RIM 28), la lluvia y el viento azotarían nuestras mochilas y camperas. Todo lo impermeable se volvió permeable y no hubo Goretex que nos salvara. A ritmo rápido para evitar la exposición prolongada al agua y al viento, llegamos a las 13:30 al refugio RIM 28, ubicado a 2.315 metros sobre el nivel del mar. El paso acelerado, tutelado por un incansable Sebastian "azúcar de mascabo" Proietti, hizo que muchos termináramos la primera etapa agotados. 
 
Pero el frío y el cansancio se vieron mitigados gracias a la calidez de los dos ejemplares miembros del RIM, que nos abrieron las puertas del pequeño cilindro anaranjado de polietileno. Ambos estaban de guardia durante una semana allí, custodiando el lugar, que no contaba con luz eléctrica, ni agua corriente. “Son como unas vacaciones para nosotros, estamos una semana acá tranquilos, es un lugar hermoso pero se extraña a la familia”, nos contó el cabo Cristian Burgos, a quien lo esperaban en Junín de los Andes una esposa artista y una pequeña de dos años.
 
En pocos minutos, una cuerda con ropa empapada, un termo con agua caliente y una decena de bolsas de dormir ocupaban el suelo del lugar. Tras una siesta reparadora y una cena de fideos "gourmet", nos envolvimos en las bolsas de dormir a las 22.
 
Pero la montaña no da tregua: el despertador sonó cinco horas después. Desayunamos en el domo vecino que funcionaba como comedor para los expedicionarios, dejamos parte de nuestro equipaje en el refugio y comenzamos el segundo día de ascenso a las 4:30 am. A diferencia de la jornada anterior, esa madrugada comenzamos con condiciones climáticas ideales: luna llena, cielo despejado y ausencia de viento. Luego de ascender doscientos metros, nos pusimos los grampones y comenzó la travesía sobre hielo y nieve. A los pocos minutos comenzó a asomarse el sol, regalándonos un espectáculo único: la luna conviviendo en el mismo cielo con su antagonista natural y el color naranja invadiendo poco a poco al negro. Debajo, las incontables montañas y volcanes que rodean al Lanín. 
 
Para no "quemar" piernas, ascendimos en zigzag, quitándole así grados de inclinación a nuestros pasos. De todos modos, el desgaste se hacía sentir. Los pasos cortos y la cabeza siempre pendiente del próximo movimiento hacían posible seguir ascendiendo, aun cuando el cansancio pasaba factura. En ese momento entendimos por qué muchos decían que durante el segundo día se presenta el mayor desafío de la expedición. “El primer día es tranqui, la clave está en el segundo, ahí es cuando muchos tiran la toalla”, había explicado Iván, antes de comenzar el ascenso. Sus palabras ahora retumbaban en la cabeza de quienes lo habíamos escuchado. Hubiéramos preferido no oírlo. Nadie quería ser parte de esos “muchos”. Era mejor no tener a la cumbre en la cabeza, evitar proyecciones que parecían muy lejanas. Cuando el cansancio aparecía y las dudas crecían, lo mejor era poner los ojos en nuestras botas y avanzar. Así hizo Nicolás “El Francés” Foliot, que dio muestras de su experiencia en los Alpes europeos con su andar continuo y lento, pero seguro. “Me gusta la metáfora del conejo y la tortuga”, comentó, en un momento en el que muchos apurábamos sin sentido el paso.
 
Mientras la cabeza carburaba, los pies avanzaban. La nieve de las últimas dos horas, un poco ablandada por el sol, nos permitía poner nuestros grampones sobre las huellas de nuestros compañeros, dando un grado mayor de seguridad a nuestros pasos. Finalmente, cuando las energías parecían irse agotando después de horas de ascenso, el grito de un grupo de escaladores que nos antecedían nos dio la señal de que la cumbre estaba cerca. Los ocho estábamos a punto de lograr el objetivo  en un tiempo record.
 
Con lágrimas de emoción y sonrisas, llegamos ese domingo a la cumbre del Lanín en menos de cinco horas de travesía. Las historias personales y los afectos se vinieron a la cabeza de cada uno al alcanzar esos 3.747 metros. Como el caso de Federico "El Teuton" Kruse, que tan solo un año atrás superaba un infarto que casi lo deja fuera de juego y ahora disfrutaba de esta experiencia inolvidable. Alrededor nuestro, no había un solo pico montañoso que superara nuestra altura. Disfrutamos un buen rato de las vistas y compartimos las sensaciones que fue atravesando cada uno durante esas horas de absoluta entrega. Pero no había mucho tiempo para relajarse. Nos esperaba el descenso.
 
Apoyados en nuestros bastones de trekking, fuimos avanzando con cautela, conscientes de lo riesgoso que es encarar un descenso cuando el objetivo de la cumbre ya fue alcanzado y el cuerpo empezó a relajarse. "Ahora es cuando más atención tienen que poner, men", nos advirtió oportunamente Pablo, quien colaboró en la tarea de guía con Iván. Durante la primera etapa del descenso fuimos haciéndolo despacio, intentando pisar donde otro ya lo había hecho. Así llegamos al refugio que nos había cobijado la noche anterior, donde terminamos de preparar la mochila y comimos una picada improvisada para juntar energías para el tramo final.
 
Para la segunda parte del descenso, la copiosa nieve acumulada nos invitó a la diversión: el "culipatin" y el ski sin skies se impusieron como métodos de bajada. Ramiro Dillon por poco consigue su pase a los Juegos Olímpicos de invierno alcanzando velocidades astronómicas haciendo "culipatin", pese a sus cuarenta y tantos años. La adrenalina se mezcló con risas, todo enmarcado por un paisaje que dejaba sin aliento al que decidiera levantar la mirada del suelo nevado, como hizo el fotógrafo y cronista invitado Matías Ferrari.
 
De esta manera, llegamos nuevamente a la Espina de Pescado, atravesamos el bosque que nos había dado la bienvenida 36 horas antes y finalmente arribamos a la base del Lanín. Esa noche sellamos la unión del grupo con unas truchas a la manteca negra y unos vinos neuquinos recomendados por los hermanos Javier y Pablo Luzardi, nuestros sommeliers estrella.
 
Finalmente, era cuestión de horas para que –gracias a la producción de Agustín “Coca-Cola” Cicchilli– nuestra foto con la bandera de CUBA adornara una pared de la hostería Chimehuin y funcionara como inspiración para futuros expedicionarios que quisieran enfrentar al volcán Lanín.
 
Matías Ferrari
 
 

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